Sobre enfermeras, putas, puteros y defensores de los puteros

Siempre que voy a mi centro de salud observo el movimiento de sus trabajadores: enfermeras, médicos, médicas, la gente de administración, las limpiadoras, el guarda de seguridad… un microcosmos de personas que día a día se levantan para ir a prestar un servicio a los usuarios, la ciudadanía que tiene acceso a ese bien universal que es nuestra Sanidad Pública. Ayer, quizá por una reciente conversación con uno del gremio, me estuve fijando particularmente en mi enfermera. En la Consulta de la Mujer, donde iban a realizarme la citología anual -prevención del cáncer de cérvix, pues tengo el HPV o virus del papiloma humano desde hace unos años y este es correoso, peleón, no se va-, la enfermera tenía dos cometidos: uno administrativo, tomando notas sobre mí (“¿Embarazo?”; “No, nunca”, “Ni aborto”, añadí), y otro técnico, colocándome el paño desechable que cubre los genitales, y ayudándome a sentarme en la silla ginecológica (no sé si se llama así; ya la conocéis, chicas, un potrillo de tortura leve).

Fue muy amable y lo hizo todo suavemente.

Me encanta mi centro de salud, porque está integrado por gente muy competente que, además, está entrenada, casi, para situaciones de estrés con determinados pacientes. Pero volviendo a lo de la conversación “con uno del gremio”. Tiene que ver con mi asistencia, el día anterior, al velatorio del padre de una de mis mejores amigas. Allí me encontré con un antiguo novio suyo, un tío muy simpático. Tras los saludos de rigor nos preguntamos lo típico, (“¿Qué tal te va?”). Él, enfermero de profesión y de mi quinta -es decir, unos cuantos años ya de ejercicio-, me contó que había dejado unas urgencias, después de dos décadas de servicio, para trabajar en un centro de salud. Me contó que atendía a un “grupo de señoras” -usuarias, pacientes y mayores, deduje- que estaban encantadas con él y le hacían regalillos navideños. “Una colonia del Bustamante me han regalado, ¿te puedes creer?”, nos reímos un poco, pero no de las señoras, sino del detalle: “Pues mira, eso es que estarás haciendo bien tu trabajo y están contentas contigo”, le contesté, y él afirmó risueño con la cabeza. Se ve que Bustamante no le va a este enfermero, pero está encantado con sus señoras pacientes, a las que sirve. Me pareció una anécdota muy graciosa. Y me hizo pensar, una vez más, en las señoras mayores de las que ahora se habla tanto…

Pero hoy he vuelto a pensar en la enfermería. Lo he hecho esta mañana a propósito de un artículo de un señor que escribe en un periódico nacional que, según su historial de publicaciones, se muestra reiteradamente hostil con la lucha por la igualdad. Ya sabía, por un cotilleo personal, que era un clasista con un punto remilgado, visible incluso en su aspecto exterior (del que no hablaré); aún así, me hacía gracia a veces escucharle hablar contra la abstención, por ejemplo (“hoy en día se puede votar casi cualquier bobada”, le escuché decir una vez; afirmación que comparto). En los últimos tiempos, seguramente alentado por la posibilidad de darle clics a su periódico debido a la cuestión feminista se cuela con frecuencia en la agenda mediática, se dedica a perorar -con la afectación que le caracteriza- contra la turba de las redes sociales, mostrando una misoginia irredenta, correosa como mi virus.

Towanda Rebels

“Una gansa”, según el plumilla de un diario nacional.

La última tontería que acaba de soltar el ínclito articulista es, en su afán de desacreditar la campaña digital desplegada por Towanda Rebels (tándem formado por la periodista Teresa Lozano y la actriz Zúa Méndez, a las que denomina “gansas”) con el nombre de “¡Hola, putero!”, es la equiparación de la prostitución con la enfermería. Y yo no salgo de mi asombro… ya no por su esforzada defensa de la institución patriarcal por excelencia (la prostitución), sino por la desdichada equiparación. Y la incorrección, no política, sino incorrección de entrada. Dice que a las enfermeras no les gusta estar ahí para “limpiar viejos”: ¿quién le ha dicho a este hombre que las enfermeras, y enfermeros, se dedican en nuestro país a “limpiar viejos”? Parece que esta pluma de prestigio nacional está poco informada sobre el trabajo sanitario (al menos en sus escalafones “inferiores”, dentro de su particular cosmovisión): las enfermeras no limpian a las personas mayores o dependientes. Eso lo hacen las auxiliares de enfermería (normalmente mujeres). La gente que ejerce la enfermería lo hace después de estudiar una carrera universitaria y además, vaya por Dios, en el caso de nuestros compatriotas, es bastante apreciada en países como Alemania, por ejemplo. Precisamente porque la enfermería, aquí, se distingue completamente del trabajo auxiliar. Un enfermero o enfermera de España puede suministrar inyecciones -de ahí su nomenclatura, antigua, de “practicante”-, tomar la temperatura, administrar medicación o manejar una máquina de diálisis, para lo que por cierto se precisa un conocimiento bastante especializado.

Por otro lado, el trabajo de las auxiliares es tan digno como cualquier otro, huelga decirlo. Se trata de un trabajo que SÍ es como otro cualquiera, solo que más esforzado físicamente, y por lo tanto más duro de llevar conforme estas personas acumulan años de labor. Un trabajo que nada tiene que ver con la prostitución, en la que el sexo es el objeto de “intercambio”: el sexo no es una actividad como cualquier otra, señor defensor de los puteros. Por eso aquí, en nuestro país, el acoso sexual es un delito, como lo es en cualquier país decente, es decir: escrupuloso con los derechos humanos que actividades como la prostitución conculcan desde el minuto uno.

No, Arcadi Espada, ni la enfermería es el auxilio de enfermería o el cuidado de enfermos, ni el auxilio de enfermería es equiparable al Ejército de Salvación de Puteros que usted justifica, con la monserga de que evita que los hombres se lancen a la calle a violar mujeres (argumento viejo, caduco e incrustado en el imaginario común a fuerza de decirlo, siguiendo la tradición goebbelsiana). No por mucho madrugar amanece más temprano, ni por denominar a cualquiera “falangista” -con ánimo faltón, marca de la casa- evitará usted, gracias a su discurso que se sirve del entorno digital como la turba de la red que tanto desprecia, retratarse como lo que es: un misógino irredento, un conservador trasnochado.

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