Everybody Knows This Was Nowhere

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Everybody Knows This Is Nowhere.

Hace unas semanas estuve viendo a Lidia Damunt -songwriter, guitarrista, cantante admirable y formidable-, hablando en un curso de verano de la universidad en la que estudié. Contaba, a lo largo de su charla, cómo había sido su crianza allá por 1978 en La Manga del Mar Menor, un poco en el medio de la nada… ese concepto al que no pocos se han asomado a través del cine o de la literatura estadounidenses (sus paisajes hiperbólicos y desérticos lo piden a gritos desde el silencio). Me refiero al contexto de la urbanización.

Estaba yo tomando notas para el artículo que iba, que voy a publicar para Rockdelux, cuando una corriente de identificación me unió a la Damunt durante aquellos instantes. Al haber crecido en una urbanización, sabía exactamente a qué se refería cuando hablaba de esas crianzas un poco nerds, ajenas a la peligrosidad de la calle del barrio, o a la a priori bucólica y socarrona formación rural. Criarse en una urbanización supone estar un poco separada del resto del mundo, algo absorta. La ausencia de asideros sentimentales es moneda corriente, sin apenas lugares emblemáticos, pandillas socializadoras o familias con Historia de interacción intergeneracional (tal y como las he conocido luego en la Media Urbe en la que resido): incluso aunque no sea exactamente así. Por eso, cuando la gente que conozco, aquí en la que es mi ciudad desde hace 18 años, habla de otra gente que conoce, suelo sentir esa punzada de extrañeza. El “¿Dónde estabas tú?” como elemento socializador. Y tú: “Yo estaba… pero no estaba”. Difícil de explicar.

No es que sea diferente a ellos y a ellas: es que me siento diferente. Dolorosamente y a mi pesar. Porque carezco de ese contexto común, cercano, pandillero, de las subculturas juveniles. Cuando evoco el sitio donde crecí -que está bastante bien, diría que es privilegiado, incluso raro, para que tantas personas working class acabasen allí; como lo digo; eran otros tiempos, claro, y la clase trabajadora con aspiraciones podía prosperar-, suelo utilizar nomenclaturas irónicas. Alcatraz, Cicely… según me pille, más o menos sardónica o sintiendo una ternura irónica (no por ello menos esponjosa). Y eso que, en el fondo, si me hubiesen dado a elegir, no habría querido crecer en otro sitio. Con la mano en la Biblia lo digo.

Como si fuese un no-lugar desenterrado, extraído de un campo de arena para deleite de segundas residencias y primeras residencias de obreros emancipados, funcionarios sanitarios y promotores de pymes con mayor o menor fortuna, exemigrantes con posibles que habían echado los restos en Suiza, Bélgica o Alemania, fue allí, en aquel emplazamiento, donde experimenté el arranque intelectual de la vida con total intensidad; la intensidad enajenada, levemente idiota, deliciosa y super trascendente de la pubertad y la primera juventud.

En la urbanización, el anclaje cultural o etnográfico, por así decir, no se da. O no se produce con la misma autenticidad que en el suburbio, en el pueblo. La aldea, la urbe, se me antojan entonces como lugares inalcanzables. Añoro, de alguna forma, ese especie de gregarismo que te abraza, aunque de sentir ese abrazo me asfixiase al momento. Comprendo, igualmente, que los lazos de dependencia dependen, a su vez, de gradaciones; la necesidad que tengo, normalmente, de que el nudo no esté suficientemente apretado, más bien suelto. La insatisfacción de quienes adoran esas conexiones -por otro lado indispensables para la vida- y te perciben un poco arisca. Redes que a los 14 años, de hecho, te habrían salvado un poco. Y a los 42 ya te dejan un poco perpleja, con la curiosidad de una recién nacida y cierta cosa huraña instalada bajo el peso del tiempo, las circunstancias y tantas historias, ya oídas en otras partes.

Demasiadas historias para alguien, como yo, empecinada aún en contar otros relatos que tengo pendientes. Con la certeza total de que solamente me interesan a mí.

Porque al final cada cual es producto de su contexto. Este tiene unas raíces que permanecen, inmóviles, sean cuales fueren tus avatares. Tu actualidad, tu vida. Poco importa. Eso sí, echo de menos la curiosidad, las preguntas. Supongo que porque a poca gente le interesa hacer esas preguntas, porque el contexto “de adopción” te absorbe como a una exprostituta una residencia religiosa. Por eso, al final, en el turno de preguntas, y sabedora de que lo que iba a decir no lo utilizaría precisamente para mi artículo, sino para mí, le comenté a Lidia que me había sentido muy identificada con sus primeros recorridos vitales, ese estancamiento de la urbanización, a veces gustoso, también. Le pregunté si eso quizá había influido en su manera de trabajar y entender la música, tan profundamente individual (aun con su pasado de banda, o sus colaboraciones intermitentes con otros artistas).

Puede que sí, algo. ¿No? En algún lugar reside, todavía, el yo agazapado, ensimismado, que lee las cartas del Popular 1 con ansia, en la casa del primo mayor. O los catálogos de discos inalcanzables. Que quisiera tocar un día, saber qué era eso de tocar en una banda.

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