La mirada tergiversada

Ayer tuvo lugar en La Térmica una nueva entrega de ‘Ellas y ellos’, el ciclo feminista coordinado por la escritora Laura Freixas. La ponente, en esta ocasión, fue la artista visual y activista Yolanda Domínguez (Madrid, 1977), muy conocida en los entornos digitales por acciones como ‘Registro’ (2014), que con motivo del amago contrarreformista de Gallardón -con el aborto en el punto de mira- instaba a las mujeres a registrar su cuerpo en los registros de la propiedad de las ciudades. Como una onda expansiva, transformadora para aquellas que tomaron parte, esta iniciativa se fue extendiendo en el tiempo, incluso; es decir, que mientras Domínguez ya estaba ideando otra performance de repente le llegaban noticias de un nuevo grupo de mujeres que se habían animado a registrar esos cuerpos sobre los que con tanta alegría se legisla. Para tutelar un embarazo o para promover el comercio gestante, como intentan hacer ahora con los vientres de alquiler. Hay quien piensa, como Rosa Montero, que no se puede estar por el derecho a abortar y en contra de la libre elección de alquilar la barriga. A mí lo que me sorprende es que, y aquí me remito a las palabras de Amelia Valcárcel, raramente se enarbole el argumento de la libre albedrío para cosas realmente buenas, no chungas. Y quedarte preñada para vender un bebé por necesidad me parece bastante chungo.

No fue un tema que saliera, sin embargo, en la exposición de Domínguez, visualmente tan atractiva como estimulante, pues hacía uso de imágenes, vídeos e ilustraciones para demostrar lo que debería ser evidente, pero apenas lo es: el enorme poder de la imagen. Sobre todo cuando se analiza desde una perspectiva de género que denuncia, principalmente, dos tendencias: la representación de la mujer como objeto, y la ausencia de diversidad en las representaciones de las mujeres, en general. Así, viendo las campañas publicitarias de Vogue o de marcas cool como Kling, pareciera que la tesis de Laura Mulvey, que ya tiene unos añitos, fuese de rabiosa actualidad. Y la dicotomía activo-masculino/pasivo-femenino, la mirada voyeurística-escopofílica que la sustenta, estuviese muy lejos de ser demolida, como apuntaba Mulvey hace 42 años.

Kling

Vístete para cuando te dejen tirada en la cuneta (Kling).

En ellas, el sujeto mujer continúa estando en el punto de mira del foco que la mira, y rara vez la enfoca como el ser humano “heroico” al que ligamos, enseguida, las representaciones de los hombres en los mismos formatos. Y no lo dice una, que tiene, a buen seguro, el cerebro contaminado… Lo dicen niños y niñas a quienes Yolanda pone por delante esas imágenes y reaccionan de manera muy gráfica, sorprendiéndose de la violencia con la que las modelos son retratadas, e identificándose con la magnificencia con la que los modelos son retratados. Segundo y primer sexo perpetuándose en una iconología que, en relación con la mujer, hunde sus tradiciones en el arte mismo.

Ahí es donde la artista establece una relación directa entre las representaciones actuales y los papeles en que la pintura -acudiendo a ejemplos de la Modern Age- ha confinado a las musas. Desde el Degas amante de los cuerpos desparramados (Huysmans llegó a señalar la propia misoginia del francés, escribiendo en 1889 que éste mostraba en sus desnudos “una crueldad atenta, un odio paciente”)… a las mujeres florero de Manet, la maternidad sagrada de Luis de Morales, la femme fatale de Franz von Stuck o la integrante del harén (Delacroix). A continuación ejemplificó cómo, las escasas artistas que se abrían paso en el canon a codazos simbólicos, tales como Sofonisba Anguissola o Artemisia Gentileschi, optaban por representar a sus congéneres de manera radicalmente distinta. Jugando al ajedrez, enriqueciendo su intelecto, o plantando cara a la violencia masculina.

Franz von Stuck

La tentación vive abajo, en el infierno (Von Stuck).

Sofonisba Anguissola

Aprendiendo estrategias con Sofonisba Anguissola.

Domínguez se detuvo bastante en la importancia que, al respecto, tiene la educación. Si en edades tempranas observamos cómo la comunicación se produce casi en su totalidad por medio de imágenes, la ausencia de filtros significa, para ellos y ellas, asumir una realidad unívoca y estereotipada que contradice seriamente los propósitos educativos formalmente asumidos hacia la igualdad entre los sexos. En este sentido, la responsabilidad social de la publicidad y los medios es fundamental. ¿Pero quién es la guapa o el guapo que dice ahora eso, en plena era sobre mediática, la del post-capitalismo triunfante y el triunfo del individuo atomizado? La artista y educadora madrileña no solamente anima a decirlo más, sino a denunciar públicamente, por medio de las redes sociales, a esas marcas que prolongan el estatus quo visual de la mujer. Que los medios de comunicación mainstream se encargan, igualmente, de exacerbar. Si no, ¿cómo es posible que exista esa disparidad de criterios a la hora de elegir a profesionales en los medios audiovisuales? ¿Dónde están las Olga Viza, Rosa María Mateo, Francine Gálvez o María Escario de este tiempo? ¿Tan vital es tener tipazo y aspecto de modelo para aparecer ante las cámaras, donde el contrapunto lo dan hombres en muchos casos poco agraciados, por decirlo de manera suave? Y lo más importante… ¿qué tienen la gente directiva de los canales de televisión contra las tías con pelo rizado? ¿Y contra los pelirrojos de ambos sexos?

Coñas aparte, lo cierto es que gran parte de la publicidad y los mensajes audiovisuales emitidos y compartidos en la red y en la televisión convencional no pasan un mínimo análisis serio de género. Si, como expuso Domínguez ayer, imágenes tan sexualizadas de adolescentes que parecen estar en un burdel nos parecen normales, algo debe de estar fallando. Repensar nuestra propia mirada no tiene por qué significar censurar, ni fiscalizar -como dirían algunos-, sino señalar la tremenda incoherencia entre una igualdad de género que, a nivel simbólico, y dado el poder de las imágenes, parece un discurso vacío de contenido. Habrá que dotarlo de sentido y significado para que lo creamos de verdad. En serio.

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2 respuestas

  1. MªAngeles Gómez-Cambronero dice:

    Yo no puedo evitar preguntarme “el por qué, el porqué y el porqué”.
    Mi hija que estudia un Master en cultura islámica llamó mi atención sobre la distorsión de la perspectiva occidental sobre la mentalidad islámica; me puso como ejemplo la visión que el occidental tiene sobre los antiguos “harenes”: algo así como un paraíso donde decenas de mujeres dóciles complacen resignadas a un hombre, y aprendió de sus profesores/as que nada más lejos de la realidad.Aquellos hombres sabían muy bien que las mujeres son” indomables e inteligentes” y por eso las encerraban en “cárceles con apariencia de palacio”.
    Y a través de la historia constatamos que las mujeres han sido y son desde siempre encerradas, contenidas, controlada.. en casas, palacios, religiones,política, costumbres…etc..etc..
    ¿ cual es la amenaza que representan las mujeres para los hombres? Para saberlo hay que remontarse a la noche de los tiempos a un tiempo anterior a las religiones monoteístas actuales , cuando las comunidades en aldeas respetaban con reverencia en muchos casos la “sabiduría femenina”.¿no será esta Sabiduría ” la gran amenaza para los poderes que rigen la tierra? No será que la sabiduría femenina, unida a la paz qu supone , si se deja correr libremente, constituye el veneno que corroería los cimientos de la violenta civilización en la que vivimos?

    • ultimamona dice:

      Es posible esto último que dices. Se desconocen, de todas formas, las raíces exactas del patriarcado, incluso aunque pueda achacarse a la fortaleza física del hombre, ya que hoy en día también se está revisando el conocimiento antropológico y prehistórico que relegaba a la mujer a la casa y a la agricultura (al parecer no fue exactamente así). En cualquier caso, esa imagen del harén como una especie de aristocracia de mujeres también me asquea; cárcel es, aunque fuese, sea, cárcel palaciega. Gracias por tu comentario.

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