“Si las mujeres anónimas son tan importantes… ¿cuántas veces las utilizamos para quitarle importancia a las importantes?”

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Cuando tú no existes, ni siquiera para tus congéneres.

Foto: Grisography.

“Si las mujeres anónimas son tan importantes… ¿cuántas veces las utilizamos para quitarle importancia a las importantes?”, se pregunta la filósofa Amelia Valcárcel. Si queremos entrar en los ámbitos de excelencia, lo primero es que seamos nosotras mismas capaces de reconocer esa excelencia en nuestras congéneres. Los varones son capaces de experimentar “el gusto vicario de ver el poder en otro, aunque uno no lo tenga”, explica Valcárcel.

Pero, ¿qué pasa cuando una mujer profesional-de-lo-que-sea demanda ese reconocimiento entre pares? En el peor de los casos, será tachada de egocéntrica, diva, narcisista incluso. En el mejor, sencillamente seguirá siendo ignorada, y a otra cosa. Al parecer -y añadiría que por desgracia- pocas son las mujeres, y estoy hablando de hoy en día, necesitadas de ese reconocimiento que, al margen de dotar valor a su trabajo y autoestima personal, es necesario para las cosas del comer, o para seguir creciendo, si se quiere decir refinadamente. Ejemplos existen a patadas, pero me quedo con uno que estudié recientemente, porque nuestra historia de auto-anonimato es amplia. Ahí está el de la excelente matemática Emmy Noether (Baviera, Alemania 1882-Pensilvania, EE.UU. 1935), que además de revolucionar la teoría de anillos y el álgebra abstracta, entre otros ámbitos de las gentes de números, se dedicó a ir abriendo puertas, líneas de investigación, para otras personas. Sin cobrar apenas por ello. Al parecer lo del reconocimiento le daba un tanto igual, de modo que, unido al hecho de que el poder científico-técnico estuviese (como el resto de poderes) en manos masculinas, le restó fama y gloria hasta hace muy poco.

No consigo entender, llegadas al punto en el que estamos en la actualidad -con el feminismo como punto en la agenda informativa, y objeto de la pataleta patriarcal consecuente-, que todavía haya mujeres inteligentes y concienciadas que piensen que se puede alcanzar la auctoritas (de nuevo vuelvo a Valcárcel), sin reconocer la auctoritas de sus propias semejantes. Hace muy poco una amiga de la infancia que de militante feminista tiene poco -por no decir nada- me decía: “cuántas mujeres están saliendo ahora, cuántas artistas, cuántas científicas… ¿dónde estaban?”. “Enterradas en la Historia”, le contesté. “Por eso hace tanta falta el feminismo, además de por otros motivos”, añadí.

Sin embargo, lamentablemente, un sentido de la humildad suicida, unido a una baja autoestima, con casi total probabilidad, o un estatus conseguido que las neutraliza para querer lo mismo para las mujeres competentes que no han tenido tanta suerte -o se han enfrentado a más obstáculos: de clase o de raza, por ejemplo-, hace que infinidad de mujeres sigan obviando lo que otras hacen con el viento de frente. Es más, a algunas que van de feministas (el feminismo se demuestra andando, como todo; con compromiso y valor, el que se necesita para huir de las cooptaciones de las redes masculinas, cuando resulta ser el camino más fácil), se les siguen cayendo las bragas con cualquier cosa que haga un tío, por mediocre que éste sea. Mientras que ven pasar delante de sus narices a una tía brillante, en lo que sea, y le dedican una sonora y cruel indiferencia.

¿Reconocimiento de la subalternidad de su semejante no asumido, competitividad con cuchillo entre los dientes propia de los tiempos megaliberales que vivimos, o sencilla inconsciencia? Puede que se den una, dos o tres de estas circunstancias, o todas a la vez. Eso no lo sé. Lo que sí sé es que, si seguimos sin reconocer la valía de nuestras congéneres, planteándonos esto no solo como una cuestión de justicia humana -o como una cuestión del sobeteado (tanto como no deseado) mérito liberal-, sino como estrategia que a largo plazo nos hará más fuertes en la plaza pública, seguiremos igual. El siglo que viene habrá otra Emmy Noether que habrá logrado importantes avances en un campo y habrá sido debidamente ignorada.

Y será una verdadera pena, además de una condena periódica para el feminismo que seguirá ocupando un tiempo precioso en reconstruir su historia pasada y usurpada, en lugar de en plantear estrategias útiles de cara al futuro. Una historia usurpada de la que, llegadas a este punto, y sintiéndolo mucho, quizá seamos nosotras mismas un poco culpables.

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