¿Que por qué me gusta PJ Harvey?

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Polly Jean, conjurando al amor.

Las primeras noticias que tuve de Polly Jean Harvey (Yeovil, Somerset, Reino Unido, 1969) fueron en mi facultad, mientras hacíamos un trabajo para la asignatura de Diseño en prensa -o algo así-. Tenía una compañera (hoy poeta, por cierto) que había diseñado la portada de un periódico en la que aparecían informaciones, no sé si ficticias o auténticas; lo que sí recuerdo era el nombre de PJ Harvey, que ya de entrada me llamó la atención por el nombre mismo y por el hecho de que se tratase de una tía que hacía música. Hasta ahí todo. Como un lustro después, ya en 1997 por ahí, me encontré con un antiguo compañero de la escuela de gusto exquisito que me habló de PJ Harvey, entusiasmado. Escuchar ‘Rid of Me’ (1993) fue, y creo no exagerar, el shock eléctrico más fuerte que hubiese experimentado nunca; dada la edad (22 años), cabría afirmar, a estas alturas, que como shock principal se ha quedado. La primera vez nunca dejará de ser la primera vez: y antes de que una pudiese conocer la escasa genealogía rockera femenina su alcance, Polly Jean ya estaba ahí.

No es que me agarrara a ella como un clavo ardiendo (el clavo de un modelo para seguir hasta entonces inexistente: como una vez confesó Christina Rosenvinge, cuando vio a Joe Strummer “quería ser como Strummer”). Es que ella misma era ese clavo ardiendo, si no, ya me explicaréis en qué consistía ese ‘4-Track Demos’ (1993), la desnudez extrema y despojada de la producción de un Steve Albini que, como fenómeno que es, se había mostrado capaz de extraer petróleo del manantial de la compositora y cantante. Aún así, este disco de “maquetas” contaba con piezas demoledoras como la inédita ‘Hardly Wait’ que, perfilando un estilo que como poco cabría definirse como intenso, apuntaba a matar. Demostrando que con una voz melodramática y una guitarra se podía convertir en una barda imponente, predispuesta a conquistar el nuevo siglo.

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El disco es mío, sí, ¿qué pasa?

¿Me impactó tanto porque fuese una mujer? Rotundamente, no. Lo alucinante de la artista británica es que estaba por encima de su sexo: justo lo que normalmente le pasa a los hombres. Justo lo que debería pasar normalmente a todo el mundo. Pero, ¿cómo era posible? Para empezar, ella misma, o al menos allá por los noventa (creo que no ha cambiado su posición al respecto, que yo sepa), tildaba de flojos a los periodistas musicales empeñados en buscarle una referencia inmediata en la persona de Patti Smith. Y aseguraba, con un arrojo envidiable, que su padre putativo musical era Don Van Vliet, y que aspiraba a competir con Tom Waits. En este sentido, la osadía de ambicionar la universalidad a la que el primer sexo llega por el resistente patriarcado la convertía en una artista imprescindible, tanto para su generación como -y aquí igual ella no esté de acuerdo- para una genealogía inexistente por no escrita que habría de rescatar a todas aquellas que sentaron precedente en un ámbito, el rockero, que exudaba y sigue exudando testosterona a raudales.

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Desafío musical, estético y poético.

Lo primero que pensé al escuchar la canción que da título al disco es que era la cosa más excitante y guay que había oído nunca. Pronto pude aprender a apreciar unas bases rítmicas inolvidables, e incluso conocer su ‘Highway 61 Revisited’ antes que el del mismísimo Dylan, a galope tendido, tomando las riendas de un clásico nacido para ser deconstruido, probablemente. Y a identificarme con canciones como ‘Snake’, que la convertía en trovadora sin tregua, punzante, agresiva. Una story-teller de los pies a la cabeza, en los últimos años tanto más comprometida con las miserias de nuestro tiempo que, para variar, se ceban con aquellas, aquellos, que mayor debilidad muestran. Especialmente en las zonas de conflicto diseminadas por el planeta.

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Ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

Foto: Christie Goodwin.

Me gusta PJ Harvey porque nunca se ha cortado -como por otro lado haría cualquier artista que aspire a la excelencia- a la hora de colaborar con quienes ella considera mejores (incluida Carla Azar, batería de Autolux y de ‘Black Hearted Love’). O al menos de construir fructíferas relaciones creativas, como la que le une a John Parish, Rob Ellis o Mick Harvey, por ejemplo; o a Maria Mochnacz, su retratadora oficial y compinche visual. También me gusta porque no entiende el rock sin el elemento performativo y escenográfico, lo que hace que cada disco entrañe un concepto estético, no necesariamente un personaje. Así la hemos visto cambiante, desde la sobriedad casi conventual de su primer álbum –‘Dry’ (1992)– hasta la última de sus reencarnaciones, a modo de deidad aparecida en una caverna, como el mito.

Me gusta PJ Harvey porque su Ofelia morena, aquel autorretrato que cubría la portada de ‘To Bring You My Love’ (1995), nos devolvió una obra más retorcida que la anterior, también más narrativa, con guiños hacia ese monstruo de ‘Tropical Hot Dog Night’ de su querido Beefhart -en el muy potente ‘Meet Ze Monsta’- que ha terminado por convertirse en uno de mis favoritos. Metafóricamente nacida en un desierto, en mitad de aquella campiña inglesa, fue entonces cuando regresó a los grandes escenarios enfundada en aquel mono rosa chicle, cargada de más maquillaje que Maruja Mallo en sus últimos años. Odio haberme perdido esa gira.

Me gusta Polly Jean porque ha impregnado de poesía toda su obra musical, incluso en discos de los que poco o casi nada comprendí, como ‘Uh Huh Her’ (2004). Aunque sea aquí donde se encuentre ‘Pocket knife’, esa navajita plateá que, a modo de cuento terrible, aparecía como advertencia de lo cortante y suave que podía llegar a ser el imaginario cantado de una intérprete de registros extremadamente diversos.

No me gusta habérsela tenido jurada durante algún tiempo, hasta el alumbramiento de ‘White Chalk’ (2007), que con su melancolía casi victoriana me reintrodujo en un cosmos donde cada recoveco importa, es interesante. Cualquier cosa, a estas alturas, que haga Polly Jean, lo es. Después de haber pasado por el etéreo ‘Is This Desire?’ (1998) de puntillas, o de habernos llevado de garbeo a través de ‘Stories from the City, Stories from the Sea’ (2000), quizá su elepé pop… si nos dice que subamos al coche, subimos. Es así.

Me gusta la artista británica porque no se acomoda y, pese a que sea capaz de entregar una obra maestra del calibre de ‘Let England Shake’ (2011), es lo suficientemente humana para volver su rostro hacia la actualidad en su última entrega, ‘The Hope Six Demolition Project’ (2016) y representar, con sus composiciones, un lamento coral por la humanidad (‘The Ministry Of Defence’ cuenta, además, con la voz de Linton Kwesi Johnson, viejo conocido entre la afición a la música jamaicana). En un disco compasivo donde la belleza no logra superponerse a un escenario global que tiende a una sensación de acabamiento, a golpe de ritmos marciales -‘Chain of Keys’- no exentos de la prodigiosa capacidad narrativa de la que es, por encima de todo, poeta.

Quizá, especialmente, PJ Harvey me guste por su condición de poeta misma. Y de rockera, por supuesto.

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Sobriedad, ante todo.

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1respuesta

  1. agosto 26, 2017

    […] discursos artísticos, contando con las tecnologías como medio de difusión imparable, decir que el show de PJ Harvey es la cosa más completa que cualquiera pueda ver en este momento puede saber a exageración. Bien, acotemos el género, […]

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