No te pases, Michael Moore

Michael Moore (Flint, 1954) me divierte. Vale, ya sabemos que es tendencioso, efectista, provocador, personalista y no poco sensacionalista. Tramposo, si queréis. Pero si voy a ver uno de sus documentales, a estas alturas, no solamente tengo estos factores en cuenta, sino que también cuento con que a las buenas me reiré bastante e incluso podré hacerme no pocas preguntas, cuando no cuestionarme donde el propio Moore pone el ojo y la bala, con ese convencimiento de que el fin justifica los medios. El fin, con las elecciones presidenciales en Estados Unidos a las puertas, es hacer campaña demócrata, cosa que me parece indudablemente bien. La película, ‘¿Qué invadimos ahora?’ (2015), contiene una premisa muy graciosa e incluso un hilo argumental más jocoso y relajado de lo habitual en el propio autor -posiblemente porque aún nos encontramos en la era Obama, a punto de concluir-, que se pega un formidable tour europeo para descubrir el orgullo de nuestro continente: el Welfare State que tanto demonizan los liberales extremos.

No hace parada en España, por cierto (¡risas!).

Las vacaciones pagadas de una pareja ‘working class’ italiana, guarderías subvencionadas en Francia donde los escolares representan el orgullo de la multiculturalidad alimentada a base de dieta mediterránea, cárceles modelo en Noruega, el laureado sistema educativo finlandés, la universidad gratuita en un país, Eslovenia, al que acuden estudiantes endeudados de otras partes del globo, el ideal del obrero alemán (libre de horas y trabajos extras, generosamente pagado), una policía portuguesa que no arresta a los consumidores de drogas (e incluso se marca un speech anti-pena de muerte, para pasmo de Moore), el ejemplo democrático islandés, en fin… Una Europa edénica para un mensaje escrito con brocha gorda, gordísima, y directamente dirigida -con no poco descaro, sobre todo hacia el final- a un electorado americano que podría colocar en la presidencia a alguien como ¡Trump!

Todo eso está muy bien. Incluso el elemento patriota en el que se mueve un documental que, dicho sea de paso, se pasa volando (pese a su metraje, dos horas casi de “invasión simbólica”, con recepción del presidente esloveno incluida). Pero encuentro un pero demasiado grave como para dejarlo pasar de largo.

Existe un mensaje claramente feminista que, apoyado por el liderazgo de las mujeres en Islandia (tanto a nivel económico, con las únicas banqueras que mantuvieron a flote su entidad, como a nivel político, dado el pasado de la isla-pueblo: fue el primer país que eligió una fémina como jefa de gobierno en 1980, Vigdís Finnbogadóttir), parece querer abonarle el terreno a Hillary Clinton. ¿Cuál sería el problema? El problema reside en que irse hasta Túnez para hablar de los avances conseguidos por las mujeres en ese país resulta del todo inaceptable. Considerar que es un éxito que en pleno siglo XXI, hace dos años apenas, las tunecinas lograsen la igualdad jurídica en su Constitución, me parece tan poco, tan poquísimo, que resaltarlo de esa manera no se ajusta a una situación mucho más compleja en esas sociedades; mucho menos comparar esa realidad incipiente -¡lo cual ya es el colmo!- con la lucha por la emancipación femenina emprendida por las estadounidenses en los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Lamentablemente, y aunque el caso de Túnez abre la puerta a la esperanza a las naciones y territorios donde el Islam manda (por ley, por costumbre, por lo militar, o con todos estos factores juntos a su favor), a las mujeres que viven en países teocráticos como Irán, o en la decena de naciones que, según datos del Foro Económico Mundial de 2015, constituyen un infierno para las mujeres -mirad la lista, por favor-, les queda un camino larguísimo. Y con eso, Michael Moore, no se bromea.

Foro Económico Mundial mujeres

 

 

 

 

 

 

 

 

Los peores países para ser mujer (el peor, el número 10).

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