PJ Harvey: lluvia de luto en Barcelona

PJ Harvey-Barcelona

El contingente de PJ Harvey.

August rain: the best of the summer gone, and the new fall not yet born. The odd uneven time.

Con este verso de Sylvia Plath quisiera comenzar la crónica de una noche barcelonesa que, en pleno Poble Espanyol, reunía a una feligresía laica alrededor del espectáculo que Polly Jean Harvey está presentando con motivo de ‘The Hope Six Demolition Project’ (2016), su último disco. Traigo a colación las gotas de lluvia de la poeta bostoniana porque a mitad del show nos fueron cayendo algunas, merced a ese tropicalismo climatológico que se da en la poderosa ciudad, blanco del horror estos días, e incrustada en el ánimo de quienes la paz aman, por encima de religiones e ideologías. Quizá una pensara que algún verso sin música saldría de la boca de la artista británica, como hiciese cuando el Brexit, pero no. De cualquier forma, quiero creer que el evento mismo, más allá de ser un concierto, quedaría transfigurado como una celebración musical, escénica y, vive Dios, poética, que se alzaba, majestuosamente, contra la podredumbre moral de un mundo enfrentado al cataclismo del terror indiscriminado, hacia el reto de la convivencia necesaria a todos los niveles, hacia la lucha contra la intolerancia de cualquier signo que, en tiempos oscuros, gana adeptos cuando la idiocia y el miedo se dan la mano. Es un deseo de interpretación.

Dada la extraordinaria efervescencia creativa de nuestro globo superpoblado, y de la capacidad de absorción de discursos artísticos, contando con las tecnologías como medio de difusión imparable, decir que el show de PJ Harvey es la cosa más completa que cualquiera pueda ver en este momento puede saber a exageración. Bien, acotemos el género, hablemos de rock. Rock en su faceta más arty, sin dejar atrás la gran capacidad lírica de composiciones que no dejan de ser canciones. Polly Jean hace canciones, huelga decirlo: ahí estaba la susurrante ‘Down by the Water’, una de las escasas concesiones al pasado, interpretada en la fase final de la actuación. Pero su puesta en escena, francamente, cabría destacar por ser muy completa; desde el principio hasta el final. Ergo excede la disciplina musical, convirtiéndose, insisto, en un espectáculo escénico, poético, musical.

Con nueve músicos sobre el escenario -todos hombres, viejos compinches como los entrañables John Parish y Mick Harvey, o el guitarrista de Gallon Drunk James Johnston, bad seed por un lustro-, la entrada colectiva exhibía tintes marciales, incluyendo a la protagonista incrustada en su séquito, como si de una piedra preciosa y a la par oscura se tratara. La negrura de la escenografía contrastaba con un fondo enigmático, que felizmente ninguna relación guardaba con esos espectáculos visuales y atroces que tanto distraen de lo esencial. Y lo esencial era, es, aquí, la música y la poesía cantada de ‘Chain of Keys’ que, de alguna manera, marcaría la pauta de un concepto clave en el show: liderado por la voz versátil, tendente a la fragilidad y al lirismo en esta era, de PJ, secundada por un coro masculino que se antoja como una inversión de género francamente atractiva. Aunque se eche de menos alguna aportación femenina más sobre el escenario… pero ese sería otro tema.

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La luz oscura de Polly Jean.

Después de esta parsimonia en el arranque, quedaba el resto de un concierto a todo punto pensado, concebido y preparado como un evento artístico donde ningún detalle quedaba al azar. Ni los movimientos de la británica, ataviada con un plumaje oscuro que la cubrió en el primer tramo del show -basado fundamentalmente en ‘The Hope Six…’, con ‘The Ministry of Defence’ y ‘The Community of Hope’ como clímax eléctricos y antitéticos en lo musical-; ni la coreografía de instrumentos que, con la percusión y las baterías como sostén heterodoxo, convencerían a quien prefiere una rítmica diferente (servidora). Incluso, a pesar de quien esto suscribe, de una versión demasiado ralentizada de ‘The Words That Maketh Murder’. Así, la posición de cada miembro de la banda de Polly Jean iba cambiando de puesto, como si fuesen peones de ajedrez: eso sí, siempre al servicio de la reina. Una reina generosa, como mostraba al pasar a la retaguardia, echándose a un lado para brindarle protagonismo a uno de sus hombres, el muy aplaudido Terry Edwards. La familia de vientos ha impregnado este último álbum, con el que además la artista regresa en cierto modo al saxo, que fue instrumento de iniciación.

El excelso ‘Let England Shake’ (2011), que en el ránking de la comunidad lectora de NME ha sido elegido como uno de los 60 álbumes más excitantes de principio a fin, tomó cierto relevo, no en vano su poética casaba a la perfección con el concepto escénico, en sí. También el emocionante ‘White Chalk’ (2007), si bien este hermoso capítulo de su discografía se prolongó en exceso. ‘Let England Shake’ estuvo más que presente, por la gracia de ‘In the Dark Places’ y ‘The Last Living Rose’, aunque el desenlace se calibraría con ‘The Wheel’ alcanzando otro cenit, momento rockista paradójicamente plagado de vientos y palmas. Todas seguíamos las palmas de Harvey, Mick en este caso. ‘The Ministry of Social Affairs’ o la fascinante ‘Near the Memorials to Vietnam and Lincoln’ cerraron el episodio discográfico último de la británica, casi. Polly Jean rockeó de nuevo con uno de sus clásicos, ‘50ft Queenie’, y tras serpentear, as usual, con la inquietante ‘Down by the Water’, volvió a traernos el amor. Que nunca es, ni será, suficiente.

Como colofón, en ‘River Anacostia’, el góspel se adueñaría del escenario, con toda la compañía adelantada al borde mismo, entonando el último verso. Despedida teatral, reverencia colectiva al público, y punto y final. La lluvia hacía tiempo que había cesado. No así el luto.

Fotos: Patricia Aparicio.

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